Corporación de Estudios Nacionales

“LA NACIÓN AUSENTE”

La nación de Chile está ausente. Ha estado ausente en los hechos más trascendentes de estos últimos años: en la mente, en el espíritu, en los propósitos y en los programas electorales que el país ha vivido. Está ausente —yo diría— en el sentido y el espíritu de la Asamblea Constituyente, en su gran mayoría. Casi por excepción, un integrante de la Convención, por su calidad de marino, obtuvo que se reconociera el emblema nacional, la bandera de Chile, como símbolo que debía inspirar, tal como inspiró los sacrificios de nuestros héroes, y debiera inspirar también el trabajo de la Comisión Constituyente.

Este fenómeno deja —yo diría— sin alma lo que se está realizando. El sentimiento de la nacionalidad es el alma de la patria, es el alma de la nación chilena por parte de cada uno de los integrantes de ella. Este sentimiento debe ser el factor moral fundamental de las personas: el sentimiento de que el interés nacional debe sobreponerse a cualquier otro, sobre cualquier idea política, sobre cualquier concepción política o ideológica, por ser la nación lo que une, la que da identidad, la que debiera estar en el alma y en el espíritu de cada uno de los chilenos.

Para decirlo textualmente:

 

Entre los factores morales que más pesan (que más importancia tienen) en el desarrollo económico, ocupa el primer lugar el sentimiento de la nacionalidad, o sea, el egoísmo colectivo que impulsa a los pueblos a anteponer siempre el interés (de la patria frente a cualquier otro interés) (…) y a perseguir, (en las relaciones internacionales, a perseguir en sus esfuerzos internos, como el único interés colectivo indiscutible para producir el desarrollo) (…) sólo la prosperidad y el engrandecimiento propios. Este sentimiento, que no es sino, el instinto de conservación en las sociedades, ha decaído profundamente (sucedido, decía Francisco Antonio Encina, en la primera década del siglo XX) entre nosotros en los últimos treinta años (es motivo de profunda preocupación e inquietud). El deseo de
(que la patria y la nación sea) grande, (que tenga) la voluntad de dominar y absorber a los elementos extraños que se ponen en contacto nuestro (que se sobreponga a los elementos extranjeros o foráneos, todo cuando contradigan el interés propio de nuestra nación) (1).

¿Por qué digo que este sentimiento nacional ha estado tan ausente como para poder titular esta conversación La nación ausente? Porque, si ustedes revisan los textos, los discursos y los programas de la Asamblea Constituyente, la nación apenas está representada, gracias a que un constituyente —por ser marino— obtuvo que se reconociera la bandera nacional como símbolo, frente una presidenta que decía que hasta la palabra “República de Chile” le repugnaba, porque no era parte de un alma colectiva.

El sentimiento de la nacionalidad está ausente también en declaraciones del recién electo Presidente de la República. Al decir y proclamar que el Estado de Chile es plurinacional, está claramente dejando sin efecto el propósito exclusivo y la adhesión única que debe tener el gobernante de defender el interés de la nación chilena. Sucede, y sucede porque se ha ido perdiendo y erosionando el sentimiento nacional en Chile, como consecuencia de doctrinas o teorías ideológicas diluyentes de ese sentimiento nacional. Podríamos decir que, cuando por un lado se piensa que solo los ideales, ideologías o doctrinas liberales son los que pueden componer el patrimonio intelectual de la vida chilena, se está subordinando el sentimiento nacional a una doctrina que puede ser bastante útil, pero que no es superior al sentimiento nacional.

Y para qué decir de aquellos que pretenden subordinarlo a consignas foráneas de distinto tipo, a una apertura mental y sentimental de colectivismos irrealizables internacionalmente; todos perdiendo el concepto de la primacía, del predominio que tiene la nación chilena sobre cualquier otra idea, entidad política o sentimiento, incluso de cualquier especie. Es triste ver que la nación esté ausente en los programas políticos, que esté ausente el concepto de nación, diluido en esa pluralidad de naciones. Yo le diría al presidente electo que, en una pluralidad de naciones, se pierde el sentido de la nación chilena; se la mete en un grupo, en una muchedumbre desprovista de alma, porque el alma es justamente el sentimiento nacional.

Es el alma de Chile, que se forjó a través de los siglos de nuestra historia; es el alma por la cual los chilenos han superado los desafíos a través del tiempo y debieran estar dispuestos a superar los tiempos por venir, solidificándolo y subordinando a ese sentimiento toda otra idea, todo otro propósito, toda otra finalidad. Cuando una nación está ausente, es la persona —el hombre o la mujer, joven o viejo— la que está disminuyendo la valoración de su propia identidad y de su propia alma. Esta —yo diría— dificultad para reconocer como valor superior el sentimiento de nacionalidad es un deterioro de la personalidad chilena, de la sociedad chilena, del alma que debe inspirar a la República de Chile.

Decía, como les mencionaba recién, don Francisco Antonio Encina:

Entre los factores morales que más pesan en el desarrollo (de una nación), ocupa el primer lugar el sentimiento de la nacionalidad, o sea, el egoísmo colectivo que impulsa a los pueblos a anteponer siempre el interés nacional (a todo otro interés) y a perseguir, en sus relaciones con los demás, sólo la prosperidad y elengrandecimiento propio. Este sentimiento que no es sino el instinto de conservación (—que debe tener siempre una nación—, es lo que se ha venido erosionando y desarrollando en Chile en distintas oportunidades de nuestra historia).

 

Hay que pensar que el sentimiento nacional es el que ya visualizó Portales en la construcción del Estado chileno en forma, y el que lo llevó, cuando tuvo que enfrentar las amenazas que significaba el gobierno boliviano —que también ya dominaba el Perú y que interesaba entrar a dominar Chile—, a exigir a los chilenos que fueran a la guerra para asegurar la independencia, la libertad y la identidad de nuestra nación chilena. Y cuando algún amigo le observaba que, frente a los dos millones de chilenos, pesaban mucho más la superioridad que tenía Bolivia en ese tiempo, y también el Perú —que triplicaban o cuadruplicaban el poderío humano de los chilenos—, Portales contestaba diciendo que estaba seguro de la victoria, porque “el soldado chileno tiene sentido nacional”; fueron sus palabras precisas.

Ese sentido nacional permitió afirmar la República de Chile, permitió asegurar su destino frente a los desafíos históricos. Lo hizo, incluso muerto Portales, al superar las amenazas que desde el norte afectaban a nuestra patria, en esa epopeya que culminó con la gloriosa victoria de Yungay: “Cantemos la gloria del triunfo marcial que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”. Esa canción ya no se canta en las escuelas chilenas, porque creen que es contraria a la tan diluyente cordialidad internacional. Bueno, así se formó Chile y se defendió la independencia de la República de Chile. Si queremos ser amigos y tener unas relaciones respetuosas con los vecinos, tenemos que hacerlo, pero siendo nosotros, teniendo fuerza interna, cohesión interna nacional. Y ese espíritu, ese sentimiento de nacionalidad, es el que se ha estado diluyendo en estos últimos treinta años —diría yo—, con errados criterios, con una errada erosión del vigor de la nacionalidad chilena.

Al no ser enfatizada en nuestras escuelas a los niños, al no ser sostenida con claridad en nuestras aulas universitarias, al verla desdibujarse en internacionalismos que son siempre pasos aislados, que no tienen respuestas coherentes de lo internacional hacia la nación chilena, pero que sin embargo van debilitando el sentido nacional. Por esto he querido hablarles y llamarles la atención sobre esta nación ausente en la vida nacional chilena. Si el presidente de la República, como candidato, hablaba: “El Estado de Chile es plurinacional”, está metiendo a la nación chilena en un saco, en una muchedumbre sin aristas, sin definiciones, sin precisión, en algo que puede o no puede subsistir como tal, con su identidad, con sus símbolos, con su espíritu. Yo creo que vivimos tiempos de crisis, porque, cuando el sentimiento de nacionalidad está desdibujado en la vida chilena, cuando la nación chilena es parte de un saco de varias nacionalidades superpuestas, supuestas o inexistentes; cuando la nacionalidad chilena se ha formado con todas las culturas de los grupos humanos existentes en nuestro territorio y hemos forjado una historia común de la nación chilena, agrupándolos a todos, venir ahora a buscar estas diferencias es erosionar desde adentro la nación chilena, y es también destruirla y erosionarla hacia afuera, cuando se le hace difuso el sentimiento nacional y las obligaciones que eso impone a los chilenos, a las autoridades chilenas y al gobierno de nuestra patria.

No admitamos estas situaciones, no las dejemos perdidas en el nirvana. Retomando y ampliando una frase que, en una oportunidad, un chileno hizo famosa —que decía “no aflojéis el morro”—, yo les quiero decir: no aflojemos la nación chilena e impongámosla, quiera o no aceptar, quienes devanean divisiones internas o erosiones interiores. Afirmemos la nación chilena y exijamos su pleno respaldo y su supremo interés sobre todos los intereses.

Buenas tardes.

1 “Causas de la decadencia del sentimiento de nacionalidad” de Nuestra inferioridad económica, 1911.
Entre paréntesis los comentarios de Mario Arnello al texto.

Sobre el autor

Mario Arnelo Romo
  • Abogado, académico, profesor de Derecho Internacional Público, político y poeta.
  • Fundador del Partido Nacional en 1966.
  • Diputado entre 1969 y 1973.
  • Embajador especial ante la ONU entre 1974-1978 y ante la OEA entre 1974 y 1976.
  • Director de la Dibam desde 1986 a 1990.