Estimados asistentes, amigos, distinguidos colegas, jóvenes universitarios, queridos
alumnos y todos los que nos reunimos aquí, muchas gracias por su presencia en este
momento de pesar por el fallecimiento de don Pablo Rodríguez Grez.
Más allá de la presentación de la reedición de la obra escrita hace 40 años en 1985, sea
este momento para honrar y homenajear la memoria de un patriota excepcional.
Nos convoca la figura extraordinaria de quien marcó la vida jurídica y política de Chile
durante 50 años, desde 1970 hasta las primeras décadas del presente siglo. Sin lugar
a dudas, su legado jurídico, posiciona a Pablo Rodríguez como uno de los juristas más
destacados de los siglos XX y XXI. Su ejemplo en la política, en la teoría y la praxis, sin
haber ejercido ningún cargo público, lo eleva, sin embargo, a la categoría de hombre de
Estado; su bonhomía en el trato personal, lo hicieron un querido amigo.
Hoy, más allá del autor de El Mito de la Democracia en Chile, nos convoca el
recuerdo de Pablo Rodríguez Grez y el tributo al jurista, al maestro, al político, al líder,
al polemista, y al amigo de muchos de los que estamos acá, en mi caso, una amistad
cuyo vínculo forjé hace 45 años atrás, en 1980, a la salida de su sala de clases en la
Escuela, cuando yo, era un simple estudiante de primer año y lo veía como el ya
destacado profesor de Derecho Civil y el líder político que había sido. Esa amistad,
nutrida de innumerables conversaciones y discusiones, a veces con posiciones
diferentes, se mantuvo permanente y fiel hasta el final.
Hablar de Pablo Rodríguez no es solo hablar del principal líder nacionalista chileno
del siglo XX, junto a Jorge Prat Echaurren, Guillermo Izquierdo Araya, ni del autor de
obras como El mito de la democracia en Chile, que presentamos hoy. Es también
hablar del jurista, más que del abogado, del prestigioso académico, del profundo
estudioso del derecho y del derecho civil en particular, del autor de una prolífica obra,
del brillante litigante de corte, del orador impresionante e inigualable, del que profesó
con pasión y excelencia el ius, el que, utilizando una expresión homérica: kai nómon
egno, conoció el nomos, el derecho, como reza el epitafio de la tumba de un gran jurista
alemán cuya obra me merece mi más alto respeto y consideración.
Pablo Rodríguez Grez nació con una definida vocación por la abogacía. Luego de
estudiar en el Internado Nacional Barros Arana ingresó a la Universidad de Chile en
1956, porque “Yo nací con una definida vocación por la abogacía. Nunca se me pasó
por la mente otra profesión que no fuera la de abogado. Esa era mi obsesión siempre:
ser abogado”. Demostrando así que en momentos difíciles de su vida, como el triste
fallecimiento de su padre, era capaz de mantener un compromiso inquebrantable con
el deber y el ideal, rindiendo su examen de grado al día siguiente y obteniendo la máxima
distinción.
Su rigor y excelencia fue coronado con el Premio Montenegro al mejor egresado de
su generación. Antes de cumplir 25 años ya impartía clases en su alma máter, dictando
Introducción al Derecho y, posteriormente, Derecho Civil. En las dos dimensiones
brilló.
Contribuyó de manera fundamental a la doctrina jurídica nacional en materias de
Obligaciones y Responsabilidad. Sus principales títulos jurídicos en el ámbito del
Derecho Civil incluyen:
• Responsabilidad Extracontractual
• Responsabilidad Contractual
• Inexistencia y Nulidad en el Código Civil Chileno
• Instituciones de Derecho Sucesorio
• Regímenes Patrimoniales
• El Abuso del Derecho
• Teoría de la Interpretación Jurídica
• La Teoría de la Imprevisión en Chile
• Sobre el Origen, Funcionamiento y Contenido Valórico del Derecho
Para quienes lo conocimos en la academia y fuera de ella, Pablo Rodríguez fue un
hombre de cultura amplia y riquísima (gran cultor de textos clásicos chilenos y
extranjeros, amén de su pasión por la pintura chilena), un profesor que marcó con la
profundidad de sus conocimientos a sus alumnos y generaciones, tanto en la
Universidad de Chile como en la UDD, y a sus discípulos.
El 4 de septiembre de 1970 fue el momento decisivo en la vida política de Pablo
Rodríguez. El aún joven y desconocido abogado, con hombría y coraje, ese día dio la
cara públicamente ante las cámaras de televisión, en representación del comando de
Jorge Alessandri, mientras el resto desaparecía, actitud que sostuvo con valentía y
patriotismo durante la Unidad Popular.
Esa situación política lo llevó a la formación del Movimiento Cívico Patria y Libertad,
cuyo objetivo era forzar un nuevo proceso electoral para que el pueblo de Chile fuera
el árbitro soberano en la disyuntiva entre democracia o totalitarismo. Posteriormente
con la formación del Frente Nacionalista Patria y Libertad, con un contenido
doctrinario definido, Pablo Rodríguez se convirtió así en una figura clave de la
oposición al gobierno de la Unidad Popular y en el líder del nacionalismo chileno del
momento.
En esas circunstancias su postura sería clara: el anti comunismo, por ser ésta una
ideología internacionalista y totalitaria, contraria a la unidad e integridad nacional. Su
respuesta se resumiría en una frase ineludible a lo largo de nuestra historia, tomada de
nuestro escudo patrio: “por la razón o la fuerza”. Otra expresión suya fue “¡
Aplastemos a los fariseos que se sirven de todo a cambio de conquistar el poder para
sus amos extranjeros!”. Diríamos en la actualidad nihil obstat sub sole.
Patria y Libertad fue, para muchos, una ilusión de lucha contra la vía chilena al
socialismo y en definitiva la transformación en satélite comunista y la respuesta
chilena a los problemas chilenos.
Su pensamiento político en aquella época quedó plasmado en su libro Entre la
democracia y la tiranía, donde exponía la estrategia del marxismo y la del
nacionalismo, consistente éste: en un Estado integrador, un gobierno autoritario, una
economía social de mercado con empresa integrada de trabajadores, y una
democracia funcional u orgánica.
Tras el 11 de septiembre de 1973, Pablo Rodríguez Grez se mantuvo fiel al gobierno de
las Fuerzas Armadas, una lealtad que él mismo justificó por haber ahorrado al país
mil años de comunismo.
Sin embargo, esta adhesión no sólo fue de lealtad, también de independencia crítica.
Él no compartió muchas de las decisiones y proyectos del régimen, especialmente en
el plano económico, político y constitucional. Su crítica se dirigía a la “incursión
neoliberal” en lo económico y, en lo político, al restablecimiento de una democracia
liberal inorgánica.
En este contexto, en 1983, participó en la creación del Movimiento Acción Nacional,
reivindicando la intervención de las FFAA del 11 de septiembre de 1973 y su Declaración
de Principios, promoviendo en consecuencia un Estado integrador para lograr la
unidad nacional, una democracia orgánica para hacer posible la participación del
pueblo, y una economía basada en el acuerdo entre trabajadores y empresarios, con
el fin de permitir la integración nacional.
Esa posición se plasmó en su obra El mito de la democracia en Chile , cuyo segundo
tomo se tituló Una revolución pendiente. En él, sostenía dos ideas centrales:
1. Que Chile no había tenido verdadera democracia, porque no se respetaban
los elementos esenciales de la misma: autoridad legítima, participación del pueblo,
estado de derecho y respeto a los derechos fundamentales.
2. Que seguía pendiente una revolución nacional, pues el gobierno militar no
había respetado la Declaración de Principios ni desarrollado el proyecto nacionalista
que él y su movimiento habían ayudado a gestar.
Luego volvería a levantar estas banderas como candidato presidencial del Frente
Nacional y Popular, que debió declinar por falta de apoyo político y económico.
Pablo Rodríguez Grez fue un hombre de convicciones profundas que no esquivó jamás
la crítica política fundada ni aceptó la injusticia. En los últimos años había puesto de
relieve la necesidad de fortalecer la institucionalidad pública y la defensa del Estado de
derecho, criticando la situación deplorable de la judicatura y de la Corte Suprema en
particular.
Su trayectoria fue la de un intelectual riguroso y un líder político patriótico con visión de
Estado e ideas avanzadas, que desde el nacionalismo desafió el statu quo, diríamos a
la fronda política, obligando a pensar en la encrucijada entre la democracia y la tiranía
durante el gobierno de la Unidad Popular; así como también, posteriormente, la
decisión constituyente entre una democracia nacional participativa y el retorno a la
partitocracia protegida, entre un economicismo individualista y la solidaridad entre las
clases.
Destaco acá lo expresado por el mismo Pablo Rodríguez en el libro que presentamos
hoy: el país debe decidir entre la lucha de clases o la unidad nacional, entre la
democracia formal o la democracia real y entre el nacionalismo y la revolución,
disyuntiva que, advierte, “es inevitable y se presentará a largo o mediano plazo”,
tal como ocurrió en 1973 y, por cierto, puede volver a ocurrir.
También hacía una invitación plenamente vigente aunque hayan transcurrido 40 años
desde la primera edición de esta obra, en orden a pensar el futuro político de Chile,
advirtiendo que “desertar de esta empresa implica dejar que el proceso vuelva a
descomponerse y la libertad quede a merced del totalitarismo”.
Al finalizar, quisiera recordar una frase del testamento de José Antonio Primo de Rivera
que muchas veces nos acordamos en las conversaciones y las más recientes en su
casa en los últimos años, una frase que creo que podría parafrasearse en clave
nacional en expresión suya y que reflejaría su espíritu y voluntad como epitafio: “Ojalá
encontrara ya en paz al pueblo chileno, tan rico en buenas calidades entrañables,
la Patria, el Pan y la Justicia”.
Honor y gloria a Pablo Rodríguez Grez. Su ejemplo de patriotismo, de rectitud, su obra
jurídica y su visión política seguirán siendo estudiadas y deben continuar iluminando
los ideales de las jóvenes generaciones actuales y venideras. Como dijo don Pablo en
septiembre de 1970 y en abril de 1971 ¡no hay que entregarse!, ni ayer, hoy ni mañana.
¡Pablo Rodríguez presente!