Varias de las aprensiones que el historiador Mario Góngora manifestó, hace
más de cuarenta años —en sus libros «Ensayo histórico sobre la noción de Estado en
Chile» y «Civilización de masas y esperanza»— sobre el futuro de nuestro país se
han hecho realidad.
Así, por ejemplo, el filisteísmo cultural, el materialismo ramplón que
campea por doquier y el resquebrajamiento de la idea de nación. Esta última,
tal como lo intuyó Góngora, ha sido minada por la derecha mercantil.
Tal tipo de derecha, hoy predominante, era sólo un sector de la derecha a
mediados de la década de 1970, pero después fue progresivamente fagocitando
a los otros sectores. La derecha mercantil se caracteriza por tener un enfoque
puramente economicista, en última instancia materialista, del quehacer
humano. Ella concibe a los ciudadanos como maximizadores de utilidades.
El enfoque materialista es característico no sólo de algunos sectores de la
izquierda que todavía simpatizan con el marxismo, sino que también de
muchos apasionados antimarxistas. Concretamente, en Chile, existe un
materialismo histórico de derecha, cuyo lema se puede resumir así: Si la
economía va bien, todo va bien, porque la estructura determina a la
superestructura. Es la tesis del chorreo reformulada y radicalizada.
En efecto, en un sector importante de la derecha chilena existe aquello
que Francis Fukuyama denominó «la escuela de Wall Street Journal de materialismo
determinista, que descarta la importancia de la ideología y de la cultura y ve al hombre
como un individuo racional maximizador de lucro». Se trata de una derecha
ramplona que desprecia el valor del arte y la cultura y también, por
consiguiente, de los intelectuales a quienes considera —como decía Joaquín
Edwards Bello— unos inútiles.
Por eso, no tiene nada de extraño que la orfandad intelectual de la
derecha sea espeluznante. Su carencia de ideas para armar un discurso
intelectual medianamente seductor es una consecuencia de su tendencia anti-
intelectual. La única ciencia social que para ella tiene valía es la economía. Las
demás están bajo sospecha, al igual que las humanidades, exceptuando al
derecho.
Ello explica, en parte, por qué el gobierno del presidente Piñera —incluso
el mismo presidente— exudaba una abismal torpeza en el manejo del lenguaje.
Recuérdese, sólo a modo de ejemplo, las insensateces comunicacionales —que
cayeron como una chispa en un polvorín— de algunos de sus ministros en los
días previos al Estallido Social. De ellos habría que decir que carecían del don
de la palabra para evitar calificarlos de tecnócratas descriteriados. Tanto es así
que se puede afirmar que, en Chile, la toma del poder político y económico por
los semicultos ha traído consigo una depreciación de la riqueza y la dignidad
del idioma. Dicho en una sola palabra: la derecha chilena es filistea.
Para colmo la derecha chilena excluye a su propia gente, pues cuando en
su seno surgen personas que tienen afición al arte o la literatura las deshereda y,
además, las zahiere recurriendo a su palabra predilecta para descalificar a los
intelectuales, a saber: ¡Inútiles! Ese es su anatema favorito. Usa ese adjetivo
como un látigo. Su torpeza radica en que no se da cuenta de que los inútiles
producen discursos que contribuyen a legitimar o deslegitimar cierto orden de
cosas. Su problema, ahora, radica en que los inútiles ya no están dispuestos a
producir ideas para legitimar las conductas de quien más los fustiga y
descalifica. Esa es una de las razones de su orfandad intelectual, de su anemia
cultural y de sus desaciertos semánticos; en suma, de su fragilidad discursiva y,
en última instancia, de su vulnerabilidad política.
Los filisteos dirán que se trata de sutilezas estéticas o que es mera
retórica. Y, en efecto, lo es. No obstante, en algunos casos, la estética es crucial,
más aún, decisiva. No se trata sólo de los desvaríos de unos humanistas ociosos
e inútiles. Por cierto, la filosofía, las artes y las bellas letras cumplen un rol
fundamental a la hora de instaurar, preservar o desmoronar cualquier orden
sociopolítico. Ellas, contrariamente a lo que suelen creer los filisteos, también
tienen un protagonismo en la arena pública. Bien lo saben los revolucionarios y
los fundadores de repúblicas. Pero, al parecer, no los filisteos.