Corporación de Estudios Nacionales

Reacción, Tradición y Revolución. Vivir en la época del norteamericanismo, fase superior de la subversión moderna (1)

No envidio al pájaro que vuela donde quiere, sino al árbol que muere donde nace.

-Ramiro de Maeztu

 

Felices los que han muerto por la ciudad carnal pues ella es el cuerpo de la ciudad de Dios.

Charles Péguy

Reacción 

Podríamos considerar como reacción aquella constelación históricamente definida de pensadores que se opusieron a la Revolución Francesa, epítome de este reino de la cantidad que es el mundo moderno, “lleno de cosas, pero sin alma”. Constelación en que figuran pensadores como Joseph de Maistre o Louis de Bonald, entre otros. Una manera diferente de hacerlo es pensar qué implica, existencialmente hablando, la reacción. En qué consiste para nosotros, hoy, la reacción, y en consecuencia, en qué medida somos reaccionarios.

¿Reaccionarios frente a qué? Porque sería un autoengaño considerar que la reacción fuera, aquí y ahora, negar el uso, e incluso más, la existencia, de los teléfonos móviles, el internet, los automóviles o las lavadoras. El engaño de los mundos ideales emanados de las bellas abstracciones fue, de hecho, objeto de la reacción de los históricamente llamados reaccionarios. Dejemos atrás, entonces, y conjuremos, las abstracciones, tal como los reaccionarios se cuidaron de los ideales universalistas esgrimidos por los héroes de la pluma, llámense igualdad, libertad o fraternidad mundial. Los reaccionarios rechazaron todo esto en nombre de la razón de los siglos, del orden concreto, orgánico, forjado en la fragua de la historia, ese orden al que cada uno de ellos estaba enraizado, y que se hallaba bajo amenaza de aniquilación por el mundo feliz diseñado e impuesto por los agentes de la subversión moderna y sus cantos de sirena.

¿Cuál es nuestra concepción del mundo? ¿Qué formas de existencia estamos dispuestos a defender? ¿Qué agentes y doctrinas amenazan destruir esa cosmovisión y esas formas de existencia que estimamos valiosas y dignas de veneración? Estas preguntas debieran orientar nuestra reacción.

Mundo diferenciado

Digámoslo ya: los principios que nos atenazan por todos los flancos llevan hoy por nombre globalismo, humanitarismo, cosmopolitismo e igualitarismo. En una palabra: norteamericanismo. Estas son las ideas-fuerza que movilizan la acelerada expansión planetaria de una demoniaca fuerza disolvente, homogenizadora, niveladora y atomizante que arrastra en su apetito sin fondo a todos los pueblos libres de la tierra. Decir esto, dudar acaso por un segundo de las buenas intenciones de los ingenieros del mundo feliz, dejará caer sobre nosotros todos los anatemas, junto con la exnominación. Es un hecho, nuestros nombres querrán ser proscritos, seremos réprobos. Se nos acusará, en nombre de la humanidad, de odiar al hombre. Pero, en respuesta, sostenemos que sólo hay verdadera humanidad donde existan diversidad de razas, pueblos, naciones, Estados y civilizaciones. En un bello versículo coránico, Dios dice a los hombres: “los hemos agrupado en pueblos y tribus diferentes para que puedan conocerse” (Corán, 49:13). He aquí nuestra idea de la humanidad, la de una pluralidad diferenciada. Afirmamos la pluralidad del mundo, y decimos que la pluralidad es la pluralidad del conflicto: sólo porque somos diferentes y estamos dispuestos a afirmar esta diferencia hasta el conflicto extremo de la guerra, hemos llegado a concebir y a querer la paz entre los pueblos. No somos belicistas, pero comprendemos la guerra como una posibilidad existencial cierta y ontológicamente alta.

Esta es nuestra idea del mundo, la de un orden concreto conformado por razas, naciones, Estados y civilizaciones, hoy bajo amenaza por las fuerzas “de la dispersión y del vacío”. Un orden vital que quisiera ser disuelto en una multitud indiferenciada de átomos contingente y pacíficamente coexistentes. El nuevo orden occidental-norteamericano y de sus agentes sionistas es el de consumidores apátridas, intercambiables, ubicuos y sin personalidad, infinitamente obsesionados con su singularidad, pero, aunque ni lo sospechen, cada vez más insoportablemente iguales.

Linaje y tierra 

Y si bien adquirimos condición humana, personalidad, solo porque arraigamos en un linaje, y ese linaje en un suelo, una patria, y esta en un orbe, un gran espacio a cuyo espíritu, soplado desde lo Alto, le ha sido encomendada verticalmente esa tarea que hemos llamado civilización, no nos basta con la natural y gregaria pertenencia. Como ha señalado el tradicionalista Julius Evola, la meta es lo incondicionado mediante la despersonalización activa. Se hace necesario trascender toda condición racial, familiar, de pertenencia a una tierra y a una determinada civilización. Pero no renegando de ello, como quisieran los campeones de las abstracciones humanitarias, desarraigándonos. La trascendencia sólo es posible incorporando lo que nos ha sido donado hasta sus más hondas raíces, bebiendo allí, en el seno de las profundidades, el elixir de eternidad que nos eleva. Este es el viaje ascendente del hombre diferenciado. Y no podría ser de otro modo, pues guardamos bondadosa conciencia de que nuestra sangre es el depósito de las más difíciles tareas superadas por nuestros predecesores. Ellos nos abrieron el camino en medio de la oscura noche de lo inexistente, y con ellos estamos agradecidos y en deuda. Asumimos por esto nuestra vida como un eslabón más en la larga marcha áurea hacia el hombre que vendrá.

No olvidamos que la tierra que nos sostiene bajo nuestros pies, ha sido regada con la sangre de nuestros muertos, y que este presente es el fruto de sus huesos que la nutren. Nuestra fuerza mana desde el fondo de la tierra, y nosotros, en el gesto heroico de la conciencia, la cogemos como un haz que lanzamos al infinito. No amo mi patria porque sea la mejor sino porque es la mía, escribió Séneca. Así es. Es deber amar la patria. Y amarla no sólo con nostalgia del pasado, como la tierra de los padres, sino también con voluntad de futuro, como la tierra de los hijos. Amarla no sólo sensualmente, con el cariñoso apego al terruño materno; sino también metafísicamente, en su inconmovible destino en lo universal, al decir de José Antonio.

Raza 

El actual mundo en marcha, el de la global invasión anglo-yanqui-sionista, revestido del fetichismo multicultural, enarbola la disolución de las razas como un paso fundamental en la emancipación total del hombre, como si de un oscuro atavismo se tratara. En realidad, es la emancipación ante una traba para sus pretensiones de dominación sobre una humanidad mansa e indiferenciada.

La raza es una idea espiritual, y esto no debe olvidarse nunca. Con ello no querríamos decir, hará falta repetirlo, que se trate de una mera abstracción, pero tampoco es simplemente biología, en su sentido científico moderno.

La raza es una comunidad sensible en la medida que sus miembros, en el lento sucederse de las generaciones, han sido constituidos íntegramente con los elementos de la tierra: sus aguas, sus bosques, sus piedras y sus ígneas cenizas, cada uno las porta consigo. La raza es la memoria de los elementos. Y por eso el nuestro es un racialismo telúrico y elemental. Mantenemos vivo el mito de la sangre porque en su torrente hermoso florece la promesa de la aurora de los pueblos. Ante la libertad del individuo, entelequia sin raíces, oponemos la más excelsa libertad de las naciones, entrañadas en la tierra.

A cada raza corresponde un genio, una forma de existencia que cada generación puja por expresar y realizar. Se corresponde con lo que hoy llaman, más neutralmente, una mentalidad; una idiosincrasia, que adquiere espesor y singularidad en el vínculo vital con la tierra y el lento amasijo de las sangres en ella, almacenándose en la memoria intrahistórica del pueblo. No basta, sin embargo, el nudo sustrato material, físico o biológico. La raza se realiza como persistencia en la historia, imprimiéndole a esta el designio del connubio entre la sangre y la tierra, en la forma de un poder.

Jerarquía 

Nuestra concepción de la trascendencia es vertical. No avanzamos hacia adelante, o solo en la medida en que, primordialmente, lo hacemos hacia lo Alto. La nuestra es una concepción jerárquica del mundo en tanto orden orgánico. En la autoridad hallamos posibilidad de reverencia y cohesión. Y es que autoridad y jerarquía son facultad de mando; y mando, no solo voluntad de mandar, sino también de saber obedecer.

El principio de mando y guía, la conducción, es uno de aquellos que se encuentra más temiblemente amenazado por el régimen mundialista tardocapitalista y su panacea cosmopolita, que promete libertad e igualdad plenas, pero sólo en la medida que sea en el mar sin orillas del mercado y sus piratas. Es la igualdad de lo indiferenciado, de lo que ha perdido toda cualidad, subsumido a la equivalencia general del dinero; donde cada cual pierde, que no supera, su personal naturaleza adquirida en la pertenencia estamental, familiar y telúrica –esa que tenemos por deber desaprender no mediante el despojo, sino mediante la realización–.

La jerarquía afirma entre nosotros la existencia de los mejores, de aquellos que sobresalen en el enfrentamiento permanente con la dificultad. Por esto no queremos la igualdad de lo fácil, sino la distinción que nace de lo difícil. Reaccionamos frente a la tiranía de lo igual porque la jerarquía emerge entre los hombres como la manifestación ascendente de lo vivo.

Pueblo y Estado

La unidad jerárquica de los hombres es el pueblo, cualitativamente comprendido. No aquel de los próceres de la “voluntad general” y la “soberanía popular”, entendidas como igualdad entre los miembros de una aglomeración indeterminada llamada sociedad. Nuestra comunidad se asienta en la sangre, en el suelo, y en la unidad de destino que ellos nos forjan. Despojados de ellos somos susceptibles de todas las inflamaciones conceptuales ajenas al mundo de la vida y su orden. En una comunidad vertical, cada generación es una nueva oportunidad para que surjan los mejores, los hombres de genio, aquellos grandes hombres cuya tarea es, encumbrados en lo alto y en agradecido gesto, conducir a sus pueblos, en la conciencia y el deber de que es el pueblo el légamo de cuyo fermento ellos mismos han surgido. Así, pues, el pueblo, cualitativamente comprendido, es una totalidad vertical, ascendente, fundada en el principio de autoridad, en el mando y la conducción. En una palabra, en el Estado.

Por ello pueblo y Estado son inalienables. Un pueblo sin Estado es una mera formación vegetativa en lucha por su conservación biológica, sin tarea y sin destino: un rebaño que apacienta, sujeto sin conciencia a los ciclos de la materia. Un Estado sin pueblo, por su parte, es una mera máquina, un dispositivo artificial para la administración de su población; también un simple y monstruoso medio para la perpetuación de la vida biológica. Nosotros guardamos una idea espiritual del Estado, y afirmamos resueltamente que, por más moderno, técnico y maquínico que este sea, tiene un corazón antiguo. El Estado está constituido por hombres. No existe ni opera sin ellos, y mientras el estamento conductor del Estado se conserve enraizado en los principios perennes de nuestra superior concepción del mundo, el Estado seguirá siendo una realidad espiritual.

Llegados a este punto se hace urgente, entonces, esclarecer que la disolución del Estado es parte fundamental del programa de los ideólogos del mundialismo, tanto en su expresión política de izquierda como de derecha. Repetimos: en este punto reina la más completa confusión. Por parte de la izquierda, campea la idea de “Estado de Bienestar”, que únicamente redistribuye recursos para asegurar la “buena vida” de sus ciudadanos (material, por supuesto; cuál otra, cuando el Estado es puramente una máquina al servicio de la biología). Con esto no querríamos decir que no sea tarea del Estado la distribución de la riqueza, porque esta se halla en su propio fundamento, siendo una característica suya de orden tradicional. La distribución de la riqueza en función de la justicia es una exigencia para el florecer de los talentos de los miembros del Estado, asegurando la existencia de una dirigencia sana y sin visos oligárquicos. Sin embargo, en el Estado de Bienestar el único vínculo real entre el Estado y sus miembros son los impuestos, de modo que cada uno se siente con el derecho de ver cubiertas sus necesidades en tanto contribuyente, y no ciudadano. Ninguna comunidad política podría emerger de un pueblo cuyo único vínculo con el Estado es el clientelismo. De tal vínculo no surge ninguna fidelidad. Esta última, sólo surge del arraigo a la tierra y a la estirpe, espiritualizadas en la expresión vertical del Estado. Nadie estaría dispuesto a morir por servicios a los que puede acceder mudándose simplemente de Estado; adquiriendo, en la forma al uso, nacionalidad a piacere, ofertada en el mercado de las “naciones desarrolladas”. Sólo se muere por aquello que se tiene conciencia ha sido conquistado mediante largos y sostenidos sacrificios, generación tras generación. Son bienes tangibles, ciertamente, pero que expresan un más profundo arraigo. Y en este último radica toda verdadera lealtad.

Pero el error, respecto al Estado, no es sólo el llamado de “Bienestar”. Igualmente erróneo es el vitoreado “Estado Gendarme”, tan caro a la derecha de las billeteras, según cuya idea la única tarea estatal es la “seguridad pública”: asegurar la vida (también material, cuál otra) de sus miembros para dejar el resto a la espontánea actividad de los particulares. Allí la pobreza solo sería resultado de la pereza o falta de mérito de los individuos, y no la ausencia de una tradicional tarea del Estado como es el Bien Común. Concediendo incluso que la tarea del Estado fuera simplemente policial, ¿quiénes, entre sus miembros, estarían dispuestos a ejercer esta función hasta sus últimas consecuencias? Nadie estaría realmente dispuesto, otra vez, a morir por los intereses de los demás sin antes sentirse unido a ellos por un lazo interno y espiritual; porque antes que morir por sus intereses privados, ha de hacerlo en defensa de aquello que, portando cada uno individualmente, es, sin embargo, común a todos y los hace, entre sí, iguales: la participación en un pasado, un presente y un porvenir. Vale decir, una patria. Mediante este lazo espiritual cada uno de los miembros del Estado es un igual porque porta consigo la imagen viva de su patria, que es herencia y destino.

Tradición 

Si debiéramos sintetizar en una palabra la concepción del mundo y la forma de existencia que venimos expresando y que veneramos, defendemos y confrontamos al avance planetario del norteamericanismo como fase superior de la subversión moderna, esta palabra debiera ser tradición. En la tradición hallamos todo futuro, y en todo futuro, voluntad de origen. El presente y el ahora son para nosotros el eslabón magnífico que encadena a nuestros padres con nuestros hijos, a los que fueron con los que vendrán. Inmenso es por tanto el deber. Enorme la tarea. Pero más grande la satisfacción de llevar lo encomendado a cumplirse. La vida propia se nos presenta en cada ciclo de las manifestaciones como esta tarea de transmisión: las más caras instituciones, los más altos valores, las más bellas obras del espíritu tienen en nosotros la posibilidad de persistir y, en su persistencia, sostener el mundo, amenazado por la entropía y la licuefacción.

La tradición nos ha sido donada en la luminosa medianoche de los tiempos. Su origen es, por tanto, sobrehumano. No ha nacido de la voluntad concertada de los hombres ni a estos les cabe destruirla –como hoy tanto se estila con las patrias, los padres o el propio cuerpo– sin destruirse a sí mismos. Su luz ha llegado hasta nosotros desde el Polo del Ser, irradiando su belleza y su verdad. Razas, pueblos y civilizaciones la han recibido y la han encarnado cada uno en su tierra, dándole singular expresión. Y por este motivo han estado dispuestos a defenderla en la guerra, y también a cruzar los mares profundos, llevando consigo en la conquista el ansia de la tierra, que es la voluntad de hacer germinar la semilla del origen, elevando al cielo lo que duerme en las raíces.

Quien renuncia a la tradición –gratitud por lo donado y deber de transmitirlo– ha vaciado su manifestación terrestre de cualquier aspiración anagógica, ascendente, abandonándose a la ley de la gravedad, para desintegrarse finalmente en la oscura noche de la materia. Sólo por la tradición el hombre persiste en su propia naturaleza, que es llegar a ser algo más. De esta persistencia florecen las manifestaciones que la razón de los siglos hace desfilar frente a nuestros ojos conmovidos, y que nos dicen de tarde en tarde: los hombres pasan y las guerras también, pero los frutos del espíritu permanecen.

Revolución

Hemos llegado a la fase superior de la subversión moderna: el norteamericanismo y su esfuerzo sin tregua por la expansión planetaria bajo el signo de los mares, la piratería, el saqueo y la rapiña. Al norteamericanismo corresponden las manifestaciones más abyectas de la acción aniquiladora en marcha: el desfondamiento antropológico de la familia, que es la base de la conservación material del pueblo; el etnomasoquismo que idealiza lo ajeno y martiriza lo propio, hundiendo a la comunidad en la esterilidad material y metafísica; el menoscabo de la patria, esa que ha sostenido sobre su suelo nutricio la sucesión de las generaciones; y cómo no, la inquina más brutal contra el principio de autoridad y el Estado, ya no más que nuda violencia y represión. En el norteamericanismo, paraíso de los piratas, campea todo lo que redunda en el desprecio individual y colectivo hacia aquellas formaciones espirituales –familia, raza, patria, Estado– sobre las que nuestros antepasados, pensando en nosotros, han erigido la tradición. Desvinculados de estas formas veneradas y perfeccionadas por los siglos ¿quién es capaz de engendrar algo bello?

Horadados estos principios la implantación del mundo feliz alcanza ya su máxima celeridad: atomización, igualación hacia abajo, glorificación de lo indiferenciado, propagación estructural de la sicopatía, depravación festinada y solipsismo. Esto es lo que subyace al modelo humano de la llamada aldea global, que no es otra cosa que la promesa de la paz perpetua mediante la desaparición consecutiva del Estado en la sociedad, de la sociedad en el individuo, y de la política en la economía. Es el paraíso económico de las masas, emancipadas de todo obstáculo a sus apetencias de libertad: sin fronteras, sin límites, sin deberes y sin arraigo.

Frente a esta voluntad planetaria de disolución no tenemos otro camino que la revolución. No hay reformismo posible. Nuestra reacción no puede ser otra que la revolución. Las clásicas distinciones partidistas ya no cuentan: nuestra lucha es por la concepción de mundo. En todos los frentes, y desde todas las posiciones, habrá que saber dejar atrás lo accidental y accesorio para llevar a cabo la más grande acumulación de fuerzas en torno al fundamento así expresado: linaje, tierra, jerarquía, pueblo, Estado. Entonces al gran monstruo de los mares le habremos asestado el golpe mortal. En la hora de la reconquista.

(1) Publicado en la revista Naves en Llamas. Crónicas y análisis desde el fin de Occidente, n°24 — dedicado a Los nuevos reaccionarios, y coordinado por el escritor y analista Guillermo Mas Arellano— pp. 262-274.

Sobre el autor

Juan Carlos Vergara Barahona
  • Licenciado en Educación, mención Pedagogía en Historia, Geografía y Ciencias Sociales.
  • Profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.
  • Miembro editor de Editorial Katankura y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Diego Portales.